Portada / Turismo / Cultura / Deportes /  Centros de Estudios / Restaurantes / Hoteles / Arte Culinario / Bienes Raíces / Hospitales / Contáctenos

El Baile del Toro-Guaca

Escribe: Dr. Uriel Mendieta Gutiérrez

En el colorido tradicional y para. nosotros los diriambinos sentimental de las fiestas patronales de San Sebastián, aparece con ímpetus marciales de danza india, como si emergiera de pronto en actitud de combate, el "Baile del Toro Huaca."

Este conjunto de bailantes, llevados por una demostración de fe y expresada en esta forma de promesa o penitencia al Santo Patrono, constituyen entre el óleo vistoso de las festividades, quizás uno de los motivos más interesantes, por sus trajes, sus sombreros de plumas de pavo real, sus polainas y la marcialidad de su danza en dos filas indias, sacando suertes a una figura de toro, formado por la cabeza y cuernos de una res y una armazón de bejuco forrada generalmente con una. chamarra, para figurar el cuerpo del animal que es bailado por un hombre.

Destacados folkloristas nacionales, han estudiado desde diversos ángulos de nuestra tradición, el origen del "Toro Huaca". Esos estudios de indiscutible importancia, no son, como no puede ser ningún estudio folklórico. verdades axiomáticas que debemos aceptar sin reservas. Entiendo yo, que por el contrario, son faros de inquietud para buscar otros rumbos, lo que otros creemos que es la verdad de el tan buscado y ansiado origen.

Hacer un ensayo de estudio de las posibilidades de ese origen, con fundamentos en nuestra tradición; al sentir de nuestro pueblo; sus místicas y aún supersticiones, es mi propósito en el presente artículo, en ocasión, de la edición especial que “Así es mi Tierra” dedicada al departamento de Carazo.

No hay lugar a dudas, leyendo los documentos y títulos de tierras expedidos los años 1710 en adelante, que los moradores de Dirlamba constituían un pueblo de agricultores y pastores de ganado. Los terrenos que ocupan la zona costanera del Pacífico, medidos y remedidos en diferentes ocasiones por el muy conocido Don Josefh Lacayo de Briones hablan en sus títulos siempre de terrenos de crianza de ganado. Tales lugares vistos a la distancia del tiempo, eran verdaderas selvas vírgenes apenas penetrables por estrechos senderos o caminos de ganado, en los cuales se aventuraban cazadores amantes de peligrosas aventuras y sabaneros en busca de reses o ganado cimarrón que todavía se recuerda, existía en abundancia en esos parajes y encontrarse con ellos, significaba un verdadero peligro tan igual como encontrarse con un puma o el tigre, que también abundaban y merodeaban aún cerca del poblado.

La fantasía popular de la época y aún en años no lejanos, se figuraba tales parajes selváticos de hechizo y encantamientos. Podría recogerse y escribirse un libro de esas tradiciones, anécdotas y consejas de hechos sobrenaturales, que según la mentalidad campesina, ocurrían en tales sitios con la misma naturalidad y regularidad con que el Sol lograba apenas iluminar sus oscuras frondas. La imaginación viva del indio y del campesino; su ancestral seguridad en la superstición que aún no lograba lavar la fe religiosa, contagia como un mal endémico a los dispersos moradores de esos parajes, de suerte que los poblados y caseríos por ese pavor nocturnal y el cansancio de las duras faenas diarias, se recogía temprano, cerrando las puertas de sus ranchos a una noche tétrica y larga, plena sombras y ruidos fantasmales.

Era entonces cuando en las solitarias y alargadas callejuelas emergía en las sombras, saliendo de los amplios solares cuajados de espesa arboleda, la ZEGUA: esa conocida y tradicional moradora de nuestra noche fantástica nicaragüense, con su olor clásico y penetrante, sus silbidos y agudos, eterna seguidora de tunante lugareño a quien a veces seguidora del tunante lugareño a quien a veces lo hacía objeto de sus misteriosas caricias, abundándolo según la fantasía popular: de allí se originó el dicho a quienes se les veía dundos que parecían “jugados de Zegua”. Otras veces la Zegua sucumbía ante la osadía de algunos que lograba atraparla por la fuerza o valiéndose de granos de mostaza. La “Carreta Nagua”, con sus ruedas achatadas, sus ruidos sordos y chirridos estridentes recorría nuestras callejuelas con su cargamento de demonios. El Cadejo acechaba en los caminos. La Vieja del Monte moraba en las profundidades de nuestras cañadas, pobladas de selvas espesas y fieras: allí se oían sus carcajadas estridentes cuando se llevaba raptada a alguna criatura dándole de comer masa con chile.

 

 

Son muchas, muchísimas a las anécdotas relacionadas con ese mundo de fantasía: todas graciosas, pero es de notar que generalmente tienen la misma argumentación, todas conducen el mismo fin: ese fin es el misterio que rodea de imprecisión estas leyendas, oscuras y lejanas ya, como la noche y el tiempo que vivieron.

Hago esta relación, para traer una anécdota que oí referir a un campesino hijo de un anciano sabanero y que es mi opinión, la que tiene relación con el origen del “Toro Huaca”. Me refería el campesino, que su padre, un sabanero, le había contado, que transitando muy dentro de la selva, por un paraje denominado el “Sitio del Plumaje”, donde los duendes guardaban celosos el ganado de San Sebastián, se encontró con otro sabanero muy conocido por sus pericias y que luego de hablar y de consejas de “caballo a caballo” le dijo éste: “Quiero ver si sorteas ese cacaste”. Se refería al esqueleto u hosamenta de una res muerta. El interpelado lo tomó a broma; y el interrogante, le dijo “Sos pendejo, así se sortea” - y bajando del caballo, tomó el “pellón” de la albarda de cuero crudo y se acercó al cacaste, el cual incorporándose empezó a embestirlo y aquel a sacarle suertes igual que Manolete en la Plaza de Madrid frente a un toro de lidia. De manera, que existía en la mentalidad popular del sabanero de estos lugares, la posibilidad, entre los muchachos peligrosos de la selva, de encontrarse embestido por el “cacaste” o “esqueleto” de una res, lo cual significaba indudablemente un doble temor: el morir de punta de cuerno, como decía Canta Claro y el susto de ver levantarse un esqueleto de res enfurecido.

Para vencer esos peligros, el campesinado y el sabanero originalmente recurrieron indudablemente a la brujería; a las “oraciones” a los “hechizos” y hasta al “pacto con el Diablo”, pues siempre se decía esto del mejor y más osado sabanero. Pero luego indudablemente, la aparición de San Sebastián, cambió la superstición por la fe; el hechizo por la promesa y allí va el campesino a su santuario, a pedirle que con su ayuda, lo libre de los peligros que le acechan en el trabajo y entre ellos contra la furia de los cacastes o esqueletos de reses enfurecidas. Silencio la danza, para el indio también una manifestación de guerra, una preparación al combate, la imploración al santo titular, tenía que manifestarse en el lenguaje pantomímico de la danza, pero ahora no pagana sino religiosa, para pedir el favor del patrono y su ayuda en la lucha contra el peligro de la selva. En de notar que la actitud del indio, no es librarse del peligro, sino enfrentarse al mismo, pero con la seguridad del éxito, ante sortilegios diabólicos o desconocidos, los cuales sólo puede vencer con la ayuda de la fe.

La palabra “TORO GUACA” nos viene a confirmar esta posibilidad del origen. En realidad “HUACA” o “GUACA” es voz de origen quechúa, pero también en varios lugares de América, tiene el mismo significado de sepulcro o los manes de los muertos, es decir, los espíritus de los muertos. Toro Huaca o Guaca quiere decir Toro Muerto o bien, el espíritu o quizá en sentido más amplio, el fantasma del “Toro Muerto”. Es la Danza del Toro Huaca en consecuencia, como las otras danzas o bailes, una manifestación de fe; una imploración de ayuda que nuestro campesino pastor de ganado o bien nuestros sabaneros, hacían al ganado o bien nuestros sabaneros, hacían al Santo Patrono, para que les ayudara a vencer los peligros que su trabajo les presentaba al enfrentarse a esas selvas y sitios o peor aún, con espectros de ganado muerto, que embestían furiosos como sucedió con el sabanero de la anécdota, que he relatado para demostrar que tal credulidad existía y persistió por mucho tiempo en nuestra mentalidad campesina; que sin lugar a dudas, con su ignorancia, su miseria y su triste destino, supera su alma con la fe y mantiene vivas estas tradiciones, orgullo del pueblo DIRIAMBINO.

Dije una vez: que cada día que pasa crece el fervor de nuestro pueblo por San Sebastián... el indio campesino, poeta por sentimiento refleja sus tristezas y alegrías en la sencillez de su cantar; las cintas multicolores como jirones de almas desprendidas con los momentos de desesperación van a colocarse a los pies de la imagen; las marimbas quejumbrosas; los tambores y las velas encendidas en la fe, denotan el fervor de un pueblo que en la guerra o en la paz, en la adversidad o alegría, ha sabido venerar siempre a su Santo Patrono.... y allí los campesinos; y allí los ricos....allí liberales y conservadores... unidos en un sólo sentimiento y una sola aspiración.

Diriamba, Enero de 1960

El Dr. Mendieta publicó por primera vez este artículo en Enero de 1960, hoy después de 46 años este sitio Web reproduce este escrito que al igual que ayer expresa el sentimiento de nuestro ser nicaragüense, estirpe de las razas española e indígena americana.  Diriamba, Enero del 2007

 


Derechos Reservados www.diriamba.info © 2006

La reproducción total o parcial, de los contenidos de esta web sin previa

autorización está terminantemente prohibida.

Mejor resolución de pantalla: 1024 x 768 pixels