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PROGRESO

Diriamba, 11 de Nov. de 1954

     
Fray Santiago Ponce y Poveda

Por el Dr. Uriel Mendieta G.

Señores:

   Las palabras de la intelectualidad diriambina, plenas de conceptos profundos y armonías surcan las nieblas del pasado, cual tenues cortinajes pendientes en los ventanales de la muerte, para traer realidad de las horas presentes, el recuerdo, los relieves, el retrato de tiempos, hechos y personajes, que vivieron, amaron, lucharon y murieron, en nuestra querida Diriamba; y hoy, figurando en nuestro retablo histórico, son reliquia de nuestro afecto; objeto de nuestra gratitud; y ejemplo perenne de virtudes cívicas y morales, que fulguran proyectando el relieve de sus perfiles, como en la noche del tiempo.

 

   He considerado justo en este homenaje póstumo, traer a vuestra memoria la figura de un virtuoso varón, que consagró devotamente a Diriamba, muchos años de energía, abnegación virtud; y que, aunque no nació, ni murió en nuestro suelo, es uno de los grandes edificadores, de la grandiosa obra espiritual y material en nuestra iglesia, en las aflictivas circunstancias, que rodearon su iniciación: me refiero a la personalidad Franciscana de Fr. SANTIAGO PONCE Y POVEDA.

 

   Para él, van mis palabras con el respeto cristiano que brota fecundo de los evangelios; con mística y suave elevación de plegaria:

 

   Diriamba....tú, cual otra Jerusalén, fuiste la ungida del Señor, para recibir en tu seno, el tesoro espiritual del evangelio.  Vertido en manifestaciones prácticas y sublimes, plenas de humildad y mansedumbre, por su hijo de San Francisco de Asís ... Fray Santiago Ponce y Poveda ...

 

   Fue quizá una mañana radiante; una mañana de esas españolas, cuando los rayos del Sol, dorados como los rubios naranjales de Granada ... hieren cual acero toledano, las quietas aguas del Gualdaquivir.  Fue quizá una mañana así, cuando Fr. Santiago, en la plenitud de sus años, abandonó el puerto del mundo, con paso firme hacía el altar de Dios ... Fue quizá una mañana así, cuando por última vez Fr. Santiago miró la casa paterna ... abandonada entre lejanas brumas, como un nido de recuerdos ... entre dulces viñedos y lágrimas amargas.

 

Fue quizá una mañana así, cuando el pañuelo de Fr. Santiago, en señal de tierna despedida, se agitó bajo el cielo azul, como el blanco aletear de una garza marina volando hacia la ausencia.  Iba hacia las alturas del sacrificio a transfigurar su espíritu con la luz de la Divinidad;

iba a dejar las vestiduras que lo ataban como lazo de flaqueza humana, a la vida azarosa del mundo ... para vestir el hábito de la humildad y la pobreza, de la castidad y la obediencia, sublimizadas como flores de martirio en las llagas Santas de Francisco de Asís. .... y así recorrió la tierra ... los cálidos desiertos ... los páramos sombríos y melancólicos ... la llanura silenciosa y la montaña ... para llevar hasta los espíritus ensombrecidos por el pecado, la luz de la fe cristiana.

 

   Su palabra, germinaba en el corazón humano, más radiante que los rubios trigales, iluminados por los rayos del sol, otoñal ... porque eran la humildad y la mansedumbre las que hablaban en aquel Siervo de Dios....

 

   Y un día, la obediencia a las rígidas disciplinas de su profesión religiosa, la señalo Diriamba, para que fuera a predicar la religión del Galileo.

 

 

 

Dr. Moisés Baltodano

 

Eminente Médico que dedicara su vida a hacer los mejores bienes a la humanidad.  Fundador de un hogar intachable que hoy venera su nombre, honrando su memoria de relevantes méritos y de acrisolada honradez.  Estuvo a la vanguardia del progreso, auspiciando con entusiasmo muchísimo más obras que hablan en su nombre.  Sigamos su ejemplo y continuemos su meritoria obra en asociación espiritual

   Vino a Diriamba, cuando ya el tiempo coronaba sus cisnes con la albura de sus nieves impolutas ... cuando el sacrificio y la abnegación, empiezan a marcar sus hondas huellas en su carne mortal; cuando las flores primaverales de su vida, se agostaban abatidas por el duro cierto de los años....

 

   Pero vino también .... cuando su espíritu, robustecido en el sacrificio, divinizado en el altar y transfigurado en el amor de Dios y al prójimo penetraba en los umbrales de la Santidad ....

 

   Por eso, cuando hablaba, su voz resplandecía iluminando las conciencias, consolando a los que lloran, enjugando las lágrimas de los que sufren, haciendo llevaderas las penas y las amarguras, con la suavidad de sus consejos de dulzuras nazarenas.

 

   Su abnegación y su constancia, levantaron la Iglesia de Diriamba, sus airosas torres donde anidan armonías de campanas y golondrinas  .... sus naves, con la luz mortecina de sus altares donde con el humo del incensario, sube a los cielos la plegaria de los fieles ...

 

   Pero ... un día, siguió su camino de disciplinante misionero y peregrino, y en la ruta de su vida religiosa, encontró flores nacidas en el corazón de los que le quisieron y también, abrojos y penas, con la mansedumbre del Nazareno; que sabía recibir con la misma dulzura, el amor y las espinas.  Y así encontró la muerte en tierras salvadoreñas; lejos de la tierra cariñosa que lo vio nacer; lejos de la casa solariega, que parece dormitar en el recuerdo; y lejos de Diriamba, que recibió la luz de sus virtudes.

 

   Los soles españoles no pudieron reflejar el oro de sus rayos en la blancura de sus mármoles funerarios.

 

   Los claveles de las rejas sevillanas, no aromaron la serenidad de su sepulcro:

 

   El río Gualdaquivir no pudo llevar el rumor de sus aguas, como un canto funeral hasta su tumba 

 

   y Diriamba .... no pudo ofrendarle

(Pasa a la página 13 letra D)

 

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